La nueva propuesta de modificación del objeto de estudio de la criminología surge en un contexto de transformación social, tecnológica y global que obliga a repensar los límites y alcances de esta disciplina. Durante siglos, la criminología se centró en el análisis del delito, el delincuente, la víctima y las respuestas formales del sistema penal, basándose en modelos heredados de la Escuela Clásica y la Positiva. Sin embargo, la complejidad de los fenómenos delictivos en la actualidad exige que la disciplina amplíe su campo de acción para incluir nuevas dimensiones que permitan explicar tanto las conductas delictivas en contextos tradicionales como aquellas que emergen en entornos contemporáneos.
En sus orígenes,
la criminología se apoyó en principios que enfatizaban el libre albedrío y la
proporcionalidad de las penas, postulando que el individuo actuaba de manera
racional en función de la búsqueda del placer y la evitación del dolor. Las
ideas de Beccaria y Bentham orientaron la disciplina hacia la formulación de castigos
que sirvieran de disuasión, estableciendo un marco normativo en el que el
delito se entendía como un acto claramente definido y mensurable.
Con la llegada
del positivismo y la consolidación de la Escuela Positiva, el análisis se
amplió para incluir factores biológicos, psicológicos y sociales, postulando
que la criminalidad podía estar determinada por elementos inherentes al
individuo o por su entorno. Esta ampliación del objeto de estudio supuso un
avance en el entendimiento del delito, pero también limitó la visión a una
dicotomía que separaba el comportamiento delictivo “real” del “ideal” o
normativo.
Hoy, en un mundo
caracterizado por la interconexión global y el avance imparable de la
tecnología, resulta indispensable trascender los límites tradicionales. La
emergencia de la ciberdelincuencia, la radicalización en entornos virtuales y
la formación de redes transnacionales de criminalidad son fenómenos que no
pueden ser capturados con las herramientas teóricas y metodológicas clásicas.
En este sentido, la nueva propuesta se orienta hacia una comprensión holística
del comportamiento antisocial, en la que se reconozca la existencia de un
espectro amplio de conductas, algunas de las cuales no están necesariamente
tipificadas como delito en la legislación vigente, pero que generan un impacto
negativo en la cohesión social y en el bienestar de las comunidades.
Una de las
innovaciones fundamentales en esta propuesta es la necesidad de distinguir
entre el comportamiento antisocial en su dimensión objetiva y la percepción
social del mismo. Las respuestas del Estado y de la sociedad ante conductas
desviadas se fundamentan no solo en hechos comprobables, sino también en
interpretaciones mediáticas, discursos políticos y estigmatizaciones que pueden
amplificar o distorsionar la realidad. Así, la criminología se ve impulsada a
analizar tanto la incidencia real de la criminalidad como la manera en que es
construida socialmente, lo que permite dilucidar procesos de etiquetamiento y
discriminación que pueden afectar a ciertos colectivos. La incorporación de
esta doble perspectiva—la del hecho y la de su percepción—se traduce en una
ampliación significativa del objeto de estudio y en una invitación a repensar
las estrategias de prevención y control.
Otro aspecto
central de esta renovación radica en la integración de la tecnología y las
nuevas herramientas de análisis. El auge del big data y la inteligencia
artificial han permitido el desarrollo de modelos predictivos que, a partir de
grandes volúmenes de información, pueden identificar patrones de comportamiento
y anticipar la ocurrencia de delitos. Esta capacidad analítica, que se suma a
técnicas tradicionales, abre la posibilidad de intervenir de forma más oportuna
y eficaz en la prevención del delito, aunque también plantea desafíos éticos en
relación con la privacidad, la vigilancia masiva y el riesgo de sesgos
discriminatorios en la toma de decisiones automatizadas. La tecnología, por
tanto, no solo transforma los métodos de investigación, sino que también exige
un replanteamiento del rol de la criminología como ciencia al servicio de la
sociedad.
La dimensión
globalizada de los fenómenos delictivos es otro factor que incide en la
necesidad de modificar el objeto de estudio. Durante mucho tiempo, la
criminología se centró en problemáticas locales o nacionales, sin atender
adecuadamente a la interdependencia y a los flujos migratorios que hoy
configuran escenarios complejos en los que el delito se transnacionaliza. La
creciente interconexión de mercados, culturas y sistemas políticos implica que
las soluciones y las políticas de prevención no pueden ser estandarizadas, sino
que deben adaptarse a contextos variados y a realidades múltiples. En este
sentido, la nueva propuesta invita a desarrollar estudios comparados y análisis
interdisciplinarios que permitan comprender cómo se articulan las dinámicas
delictivas a nivel global y cómo las respuestas institucionales pueden
coordinarse entre distintos países y regiones.
Este proceso de
revisión y ampliación del objeto de estudio de la criminología no representa un
abandono de sus fundamentos teóricos tradicionales, sino una evolución que
reconoce la complejidad inherente a los fenómenos de la desviación y la
criminalidad. La revisión de conceptos clásicos—como el delictivo, el
delincuente y la víctima—se enriquece al incorporar nuevas categorías que
tienen en cuenta la vulnerabilidad digital, la criminalidad ecológica y la
radicalización en el entorno virtual. Así, fenómenos como el “crimen verde” o
la violencia estructural se integran en el análisis, permitiendo una visión más
completa y precisa de los desafíos que enfrenta la sociedad contemporánea.
La
transformación que se propone para la criminología implica, además, una
responsabilidad ética y política que va más allá del mero análisis descriptivo.
Se trata de una invitación a que la disciplina asuma un papel proactivo en la
construcción de políticas públicas orientadas a la prevención y a la justicia
restaurativa, en contraposición a modelos punitivistas que han mostrado sus
limitaciones. La criminología, al redefinir su objeto de estudio, se convierte
en una herramienta para promover la equidad, la inclusión y el respeto a los
derechos humanos, consolidándose como una ciencia comprometida con el bienestar
colectivo. En este sentido, el análisis del delito se concibe no solo como una
forma de comprender la conducta desviada, sino también como un medio para
intervenir de manera efectiva en las estructuras sociales que lo generan.
Es cierto que
este proceso de ampliación del objeto de estudio genera tensiones y debates
internos en la comunidad académica. Algunos críticos sostienen que, al
incorporar tantas dimensiones, la criminología corre el riesgo de perder su
identidad y de solaparse con otras disciplinas, como la sociología, la ciencia
política o incluso la informática. Sin embargo, en un mundo en el que las
fronteras entre disciplinas se han vuelto cada vez más permeables, la
integración de diferentes perspectivas se revela como una fortaleza más que
como una debilidad. La complejidad de los fenómenos delictivos demanda un
enfoque multidisciplinario que permita abordar los múltiples factores que
intervienen en la génesis y en la perpetuación de la criminalidad.
La nueva
propuesta de modificación del objeto de estudio de la criminología constituye
un avance necesario y urgente para adecuar la disciplina a los desafíos del
siglo XXI. Al ampliar el espectro de análisis para incluir no solo el delito en
su forma tradicional, sino también la percepción social del mismo, las
dinámicas de control, la influencia de la tecnología y la interconexión global,
la criminología se reposiciona como una herramienta integral para la
comprensión y la prevención de la criminalidad. Este proceso de renovación
teórica y metodológica no solo enriquece el debate académico, sino que también
tiene implicaciones prácticas en el diseño de políticas públicas que promuevan
sociedades más seguras, justas y equitativas. El desafío, por tanto, es lograr
una síntesis que integre las contribuciones históricas de la disciplina con las
demandas emergentes de un mundo en constante cambio, asumiendo la complejidad
de los fenómenos delictivos y avanzando hacia una criminología verdaderamente
contemporánea y comprometida con el bienestar social.
Márquez Cárdenas, Álvaro E. (2011). LA
VICTIMOLOGÍA COMO ESTUDIO. REDESCUBRIMIENTO DE LA VÍCTIMA PARA EL PROCESO
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Buil, D. (2016). ¿QUÉ ES LA CRIMINOLOGÍA? UNA APROXIMACIÓN A SU ONTOLOGÍA, FUNCIÓN Y DESARROLLO.
Revista Derecho y Cambio social.




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